El domingo la vi. Llevaba un vestido blanco con estampado de girasoles que la hacía lucir más radiante de lo normal. Iba caminando de la mano de su mamá mientras cruzaban la calle cerca del pequeño parque de la ciudad. Al verla caminar, sentí una emoción que no sentía desde hace mucho. Ver su cabello bailar con el viento y sus caderas moverse de lado a lado me hizo recordar el largo viaje que tomé a través del océano Atlántico para llegar a esta ciudad perdida en medio de las montañas. Al ver tanta belleza, me era casi imposible no hipnotizarme y enamorarme de ella. El domingo la vi, y descubrí que los domingos no son tan malos como dicen.