Un zorro me hizo sombra
y con su cola dibujó la puerta.
No habló, pero supe
que lo esencial no tenía forma.
Un búho velaba en lo alto,
guardian del misterio y del silencio.
Sus ojos no juzgaban,
solo esperaban.
Di un paso hacia dentro.
Mi corazón ardía como un faro.
No era el mundo el que cambiaba,
era yo el que volvía a casa.