No toda sombra es ausencia.
A veces, la sombra es camino.
Un zorro, discreto y eterno,
dibujó con su cola
el contorno de un umbral sagrado.
Arriba, un búho calla.
No me observa, me espera.
Porque el guardián de la puerta
no custodia la entrada,
custodia el momento
en que por fin decides cruzarla.
No hay mapas.
No hay señales.
Solo un hombre frente a sí mismo,
un paso suspendido
entre el miedo y la fe.
Dentro,
una chispa de luz que no guía,
sino que recuerda:
el destino no se encuentra,
se revela.
Y al cruzar,
no es el mundo el que cambia.
Es el alma la que se reconoce
en el espejo de lo desconocido.