Después de la fecha de caducidad

Cuando las personas cumplen años, suelen llenarse de emoción. Buscan estar rodeadas de quienes aman, reciben abrazos, mensajes, tortas, y risas. Hay algo en esa celebración que parece reafirmar la vida, como si cada año que pasa mereciera una ovación.

Sin embargo, a mí me sucede lo contrario.

Cuando se acerca mi cumpleaños, no siento alegría. En lugar de emoción, una melancolía silenciosa invade todo mi ser. Es un sentimiento difícil de explicar: no es tristeza profunda, pero tampoco es indiferencia. Es una especie de nostalgia con filo, un susurro que me recuerda que el tiempo sigue, aunque a veces uno se sienta estancado.

Siento —sin razón aparente— que me he quedado más tiempo del necesario. Como si hubiera cruzado esa invisible “fecha de caducidad” emocional, esa línea donde las celebraciones ya no se sienten propias, donde los años dejan de ser logros y se vuelven peso.

No es que no agradezca estar vivo. Lo agradezco. Pero hay días en los que la existencia no pesa igual para todos, y mi cumpleaños suele ser uno de esos.

No lo escribo buscando lástima ni consuelo, sino porque sé que hay otros que también sienten esto, pero callan. Y porque escribirlo me recuerda que sigo aquí. Que, aunque no lo celebre, otro año ha pasado y —de alguna forma— eso también es un acto de resistencia.


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