La huésped invisible

Me he acostumbrado al sonido del viento
cuando no hay risas en la casa.
A dejar dos platos sobre la mesa
y guardar uno sin tocar.

He aprendido a caminar despacio,
como quien no tiene prisa por llegar,
y a hablar en voz baja
para no despertar al silencio.

Las ventanas siguen abiertas,
pero nadie mira hacia adentro.
Y aunque el sol entra cada mañana,
parece que se olvida de calentar.

Las canciones suenan distinto,
como si faltara una voz.
Y las noches…
bueno, las noches cuelgan largas,
como ropa mojada que se niega a secar.

Me he vuelto experto en inventar diálogos,
en llenar espacios con recuerdos,
en escuchar pasos que nunca llegan.

Y al final del día,
cuando todo está en su sitio
menos yo,
ella vuelve.
Sin rostro, sin voz,
pero con el tacto frío de lo inevitable.

Se sienta conmigo.
Y se queda.


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