Hay días en los que me siento en el escritorio de mi trabajo y me dan ganas de escribir, pero nada se me viene a la mente, como si las palabras huyeran de mí, como si no tuviera nada que decir ni que escribir.
Hay días en los que vengo a mi trabajo y me quedo viendo la pantalla sin que nada se me ocurra, como si el brillo me absorbiera por completo.
Hay días en los que siento las ganas de salir corriendo a algún lugar mágico donde las ideas puedan pronunciarse, donde fluyan libremente en mi mente.
Hay días en los que no siento ganas de nada. Absolutamente nada. Solo quisiera estar en casa, dormido, haciendo nada. Mi cuerpo no tiene las energías suficientes para continuar.
Hay días en los que quisiera gritar a todo pulmón, pero no sé qué gritar.
Y también hay días en los que me siento inspirado y escribo cosas que quizá no tienen mucho sentido, pero al final del día me llena de paz saber que he logrado escribir algo.
Hay días en los que me dan ganas de leer algún buen libro, pero no encuentro ninguno que me atrape. Siempre termino regresando a los libros que ya he leído y, aunque a veces descubro cosas nuevas, me gustaría poder aprender más. Sin embargo, siento que los libros ya no me llenan de la misma felicidad ni atención.