Ella tenía miedo — miedo a volver a enamorarse, a ilusionarse de nuevo con alguien, a sentir esas mariposas en el estómago que tanto le hicieron daño. Tenía miedo a estar cometiendo una locura, pero a la vez, todas las noches se acostaba en su cama, abrazaba su almohada y soñaba con esos ojos oscuros que la miraban con tanta pasión.
Luchaba con cada fibra de su cuerpo por resistir recordarlo, pero toda esa lucha era en vano. Siempre el recuerdo de él le venía a la mente como un rayo de luz, así, espontáneo, sin esperarlo, y justo en los momentos menos indicados. Él era su bendición y a la vez su maldición.
Él era un chavo muy tranquilo, envuelto en su propio mundo, luchando con sus propios demonios e ignorando el mundo por completo. Se sentía solo, aun estando en el centro de un cuarto lleno de personas que lo querían y se preocupaban por él. Sin embargo, nunca los vio. Ni se percató de la bella jovencita de cabello negro y ondulado como las olas del mar que lo miraba con tanto amor y ternura. Fue un encuentro efímero, pero para ella no duró tan solo un instante, sino lo suficiente como para volverse inolvidable.
Él y ella. Ella y él. Dos mundos completamente distintos. Pero, por algún motivo o razón, el destino se apiadó de ellos y conspiró para que lograran ese anhelado encuentro. Él finalmente logró ver esos ojos pequeños de la chica del cabello ondulado y se dio cuenta de que había estado ciego toda la vida. Logró ver más allá de su mirada, vio su alma, y descubrió el verdadero significado del amor a primera vista.
Pero justo cuando pensaba que todo había cambiado, que el destino les había dado una segunda oportunidad, una sombra silenciosa comenzó a crecer entre ellos. Una duda, un secreto, algo que ninguno se atrevía a enfrentar, y que amenazaba con borrar para siempre aquello que apenas comenzaba a nacer.
Y en ese instante, sus miradas se encontraron una vez más… pero esta vez, la incertidumbre estaba presente, como un susurro que prometía revelar lo oculto, o destruirlo todo.