Al otro lado de la ventana

“Nuestra vida son los ríos 
que van a dar en la mar, 
que es el morir;”
― Jorge Manrique, Coplas a la muerte de su padre

El otro día fui a una velación de una persona que conocí brevemente hace un tiempo atrás. Como todas las velaciones, fue un momento triste para los familiares y amigos. Yo estaba ahí, parado al lado izquierdo de la funeraria, viendo cómo las personas formaban una línea para despedirse de su ser querido. Se celebró una misa en honor a la persona fallecida, y fue un momento que llenó el lugar de paz y tranquilidad, porque el alma de esa persona finalmente iba a poder reposar.

Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos, mi mente fue inundada por miles de pensamientos que no supe cómo controlar. ¿Qué pensarán las personas que me conocen el día que yo me muera? ¿Será que he sido lo suficientemente bueno para dejar una buena impresión en alguien? ¿Será que las personas me van a extrañar? ¿Será que la casa funeraria estará llena como la de esta persona?

Mientras todos esos pensamientos invadían mi mente, me nacieron unas ganas enormes de llorar. No quería llorar, y no tenía razón alguna para hacerlo, pero lo único que pude hacer fue apretar mis dientes, meterme las manos en los bolsillos y presionarme para no dejar que se me salieran las lágrimas. Hasta el día de hoy, no he logrado responder esas preguntas que posiblemente nunca entenderé, hasta que esté al otro lado de la ventana.


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