La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.
— Gabriel García Márquez
Llevo un rato sentado en este aeropuerto.
Y se siente extraño volver al mismo lugar donde, hace meses, te escribí aquel largo mensaje.
Las mismas paredes.
Las mismas luces.
La misma gente caminando deprisa hacia algún destino.
La misma espera.
Pero nosotros…
Nosotros ya no somos los mismos.
Y creo que está bien.
La vida tiene una forma curiosa de cambiarlo todo mientras estamos ocupados viviéndola.
Un día estás aprendiendo a reconocer la voz de alguien, sus silencios, la forma en que se ríe cuando se siente en confianza…
Y, al siguiente, estás aprendiendo a extrañarla desde lejos.
Sé que tu vida ha cambiado.
Y, desde lo más profundo de mi corazón, espero que él sea todo aquello que alguna vez le pediste a Dios en silencio.
Espero que te ame con paciencia.
Con ternura.
Sin prisa.
Que aprenda a querer cada parte de ti.
Tu corazón.
Tu forma de pensar.
Tu lado sensible.
Tus días difíciles.
Incluso tu caos.
Todas esas pequeñas cosas que, juntas, te hacen ser tú.
Espero que nunca olvide lo afortunado que es de recibir tu amor.
Que sea tu refugio cuando el mundo se vuelva demasiado pesado y quien más fuerte celebre cada uno de tus logros.
Que escuche esos pensamientos a los que les das mil vueltas sin hacerte sentir complicada ni hacerte creer que sientes demasiado.
Que simplemente te permita ser tú.
Y, sobre todo, espero que cuide tu sonrisa.
Esa sonrisa.
Que la proteja y te dé nuevas razones para sonreír aún más.
Porque, si hay algo que siempre supe, incluso cuando no entendía qué lugar ocupaba en tu vida, es que mereces un amor que te dé paz.
Quizás mi papel en tu historia nunca estuvo destinado a ser permanente.
Quizás solo fui una página.
Un capítulo.
Tal vez uno de esos recuerdos que, años después, aparecen de repente y, por un instante, te hacen recordar quién eras en aquel momento.
Cometí errores.
Hay palabras que habría dicho de otra manera.
Cosas que habría hecho diferente.
Momentos que, si pudiera volver a vivirlos, disfrutaría un poco más.
Pero hay algo de lo que nunca dudé:
Lo mucho que me importaste.
Eso fue real.
Todavía te extraño a veces.
No de esa manera desesperada que desea volver atrás.
Es diferente.
Es una nostalgia tranquila.
De esas que llegan sin avisar cuando escuchas una canción, encuentras una fotografía o vuelves a sentarte en la misma sala de espera de un aeropuerto.
Porque los sentimientos no desaparecen simplemente porque la vida tomó otro rumbo.
Hay personas que dejan una parte de ellas en nosotros.
En una canción.
En una palabra.
En una ciudad.
En la costumbre de mirar el teléfono a cierta hora.
Y, de alguna manera, permanecen ahí…
Incluso después de comprender que ya no están destinadas a caminar a nuestro lado.
Estas palabras no buscan complicar tu vida.
Tampoco hacerte mirar hacia atrás.
Tal vez solo necesitaba dejarlas aquí.
Porque he aprendido que amar también puede significar alegrarse por la felicidad de alguien, incluso cuando uno ya no forma parte de ella.
Aceptar que la vida no te colocó al final de su historia…
Y, aun así, agradecer haber formado parte de algunos de sus capítulos.
Sé que mi lugar ya no está a tu lado.
Pero, cuando piense en ti, lo haré con cariño.
Con gratitud.
Con esa ternura que uno guarda por las personas que, durante un tiempo, hicieron que la vida se sintiera un poco más ligera.
Fuiste importante para mí.
Mucho más de lo que probablemente alguna vez supe explicar.
Y siempre estaré agradecido por las llamadas.
Por las conversaciones sin prisa.
Por las risas.
Por esos silencios que nunca se sintieron incómodos.
Por haberme permitido conocer tu mundo.
Tu casa.
Tu gente.
A ti.
Al final, todo lo que alguna vez quise fue verte feliz.
Te quise sinceramente.
Todavía me importas.
Y deseo, de corazón, que encuentres toda la felicidad que mereces…
Aunque ya no sea conmigo.
Y si ahora alguien más tiene la dicha de cuidar tu corazón, solo espero que sepa valorar lo que tiene.
Que lo cuide.
Que lo respete.
Que nunca olvide lo especial que es.
Porque, de todas las cosas bonitas que he tenido la oportunidad de conocer en esta vida…
Tu corazón siempre será una de ellas.
En fin…
Miro la pantalla frente a mí.
Probablemente pronto llamarán a mi grupo para abordar.
La gente comienza a levantarse y a recoger sus maletas.
Poco a poco, esta sala de espera empieza a quedarse vacía.
Y yo también tengo que irme.
Supongo que esa es la diferencia entre aquella vez y esta.
La primera vez que escribí desde aquí, pensaba en cómo cada paso de mi vida parecía haberme guiado hasta ti.
Hoy…
Entiendo que algunos caminos también nos enseñan cuándo es momento de seguir adelante.
No porque lo vivido haya sido un error.
Sino porque, a veces, conocer a alguien y después tener que dejarlo ir también forman parte del mismo viaje.
Así que dejaré estas palabras aquí.
En esta sala de espera.
En este aeropuerto.
En esta versión de mí que todavía te recuerda con cariño.
Y abordaré otro vuelo de regreso a casa.
Esta vez…
Sin cargar conmigo todas las palabras que nunca dije.
Gracias.
Por las conversaciones.
Por los recuerdos.
Por la confianza.
Por la luz.
Y, sobre todo…
Por haber sido, durante una pequeña parte de este viaje, ese lugar en el que alguna vez quise quedarme.