Antes de besar el cielo

“El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada.”
— Gustavo Adolfo Bécquer

Hay miradas que uno olvida.

Ojos que vemos una vez y que, con el tiempo, terminan perdiéndose entre tantos rostros que hemos conocido.

Pero luego están tus ojos.

Tus pequeños ojitos chinos.

Esos que parecen esconderse cuando sonríes, como si fueran tímidos, como si no quisieran revelar todo lo que provocan cuando alguien se detiene a mirarlos un poco más de la cuenta.

Yo los miré.

Quizás demasiado.

Y sin darme cuenta, aprendí a reconocer tus emociones en ellos.

Aprendí que tus ojos sonríen antes que tus labios.

Que se hacen pequeños cuando eres feliz.

Que tienen una forma extraña de llenarse de luz cuando algo te emociona.

Y que, a veces, pueden decir cosas que tú jamás dirías en voz alta.

Nunca imaginé que unos ojos pudieran quedarse tanto tiempo en mi memoria.

Mucho menos imaginé que, un 28 de diciembre, los tendría tan cerca.

Aquella noche fuimos a cenar.

Recuerdo mirarte mientras hablabas.

Recuerdo tus gestos.

Tu sonrisa.

Pero, sobre todo, recuerdo tus ojos.

Tal vez porque aún no sabía que, horas después, serían lo último que vería antes de que tus labios tocaran los míos.

No esperaba aquel beso.

Nunca imaginé que me besarías.

Y cuando sucedió, por un pequeño instante, te miré.

Ahí estaban.

Tus ojitos chinos.

Tan cerca de mí que el resto del mundo parecía estar demasiado lejos.

Después cerré los ojos.

Y te besé.

Fue extraño cómo, al dejar de verte, pude sentirte aún más cerca.

Tus labios sobre los míos.

La sorpresa.

El silencio de mis pensamientos.

Y esa sensación inexplicable de estar tocando algo que, hasta ese momento, había creído demasiado lejano para mí.

Como el cielo.

Quizás por eso aquel beso se sintió mágico.

Porque antes de tocar tus labios, vi tus ojos.

Y en ellos había algo que todavía no sé explicar.

Tal vez fue ternura.

Tal vez fue el momento.

Tal vez simplemente eras tú.

Hay besos que uno recuerda por cómo se sintieron.

Yo recuerdo el nuestro por la mirada que vino antes.

Por esos pequeños ojos que tantas veces había visto desaparecer entre tus sonrisas y que aquella noche, por unos segundos, estuvieron más cerca de mí que nunca.

Fue un 28 de diciembre cuando el cielo, por primera vez, tuvo el sabor de tus labios.

Y desde aquella noche, mis labios también aprendieron a recordarte.

Y aunque han existido muchas miradas en mi vida, hay una que todavía puedo encontrar cuando cierro los ojos.

La tuya.

Porque, curiosamente, antes de besar un pedacito del cielo…

el cielo me miró con tus ojitos chinos.


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